El espejo

Se sabe a ciencia cierta que el espejo fue inventado por Narciso cuando
se miraba en el rostro de su madre. Soy, dijo, y desde entonces, espejear
es lo mismo que mirarse, en primer lugar el rostro, claro, ese lunar que
tienes, el brillo de los ojos, esa sonrisa monalisa, y así más y más, hasta
llegar a quererse tanto a uno mismo, que gran obra la de Dios: me hizo a
su imagen y semejanza. Mirarse en el espejo, entonces, es conocerse a sí
mismo, como aconsejaban las pitonisas contemporáneas de Sócrates, y
el mismo Sócrates que del conocerse a sí mismo hizo el especulativo
pilar de la teoría de los espejos.

Pero como ningún saber es la casa-posada al final del camino, a fin de no
deambular por el tortuoso sendero de las conjeturas, diremos que quienquiera que haya sido su inventor, el espejo ha sido protagonista de muchos papeles de nota, como ocurre con los espejos deformantes, esos que
te hacen ver enano o gigante, gordo o flaco, bellísimo u horrible, produciendo esas confusiones demoníacas que consisten en que no se sabe
cuál es la mentira y cuál es la verdad. Se vuelve imposible el disenso o el
consenso, el derecho a la crítica como fundamento de la libertad.

Y dicen que la antigua Unión Soviética comenzó a desmoronarsecuando los jerarcas se negarona clausurar El Parque de los Espejos, de Moscú. De ahí que conocerse a sí mismo, en vez de contribuir a la felicidad del
hombre, produce tremendas insanias, como la que ocurrió con
Quetzalcóalt. A este dios azteca le llamaban también La Serpiente
Emplumada; un nombre extraño, ciertamente, muy sugerente, hasta el
punto de que algunos especialistas en biografías de divinidades, sostienen
que llamar a un dios serpiente y además con plumas, sólo puede ser
un eufemismo, una de las tantas maneras de nombrar al falo, cuyas potencialidades
mueven al mundo a pesar de su aspecto desprovisto de belleza,
como lo hizo notar Freud. En efecto, el inventor del psicoanálisis
afirmó que los órganos genitales, no aclaró si los masculinos o los femeninos,
son en sí mismo feos, fealdad que no tiene que ver con su poder
multiplicador ni con el placer que proporciona su funcionamiento.

Unos diablillos mexicanos sabían de estos pormenores y con sonriente
crueldad, para que vea por si mismo su horripilante físico, aparentando
que se trataba de una broma, lograron que Quetzalcóalt se mire en
un espejo. Y el dios, dando por sentado que belleza es lo mismo que
poder de fascinación, jamás imaginó que fuese tan feo; más todavía:
que la fealdad sólo sea la hermana pobre de la belleza. Así que lleno
de furia por saberse irremediablemente malencarado, decidió abandonar
el país, amenazando a sus habitantes que regresaría después de
cincuenta años, para vengarse.
Algo parecido ocurrió con Calibán. Según el testimonio de Oscar Wilde,
Calibán, el monstruo que inventó o descubrió Shakespeare, se enfurecía
cuando se miraba en el espejo y su rostro aparecía sin retoques, descompuesto,
ácido visto con el realismo ingenuo de los espejos. De la misma
manera se endiablecía cuando la ciencia ficción inventó el espejo del
romanticismo. El realismo muestra las arrugas, decía; la envidia, el odio
al prójimo, todos los valores condenados por la moral y las buenas costumbres.
¿Y el romanticismo? ¡Solo es la máscara que te pones cuando
vas a misa o a la primera cita con esa muchacha bonita!

Además de estos casos renombrados, si dudas de que esa linda que tanto
te gusta no es un fantasma sino una mujer de carne y hueso, sólo tienes
que verificar si su imagen se refleja en el espejo. Y se está seguro de que
alguien realmente ha muerto cuando su aliento no empaña el espejo.
Añádase que todo el mundo presiente que le van a ocurrir desgracias
renombradas cuando se rompe el espejo, tal como lo verificó y contó
César Vallejo en una crónica bautizada con el nombre de El Espejo Roto.
Y qué decir de la Bruja y su manía de tomar el espejo y preguntarle,
espejito, espejito, ¿dime quién es la más bonita? El espejo sabía de memoria
la respuesta, y año tras año le venía contestando que ella era la más
linda. Pero un mal día, empañado por los presentimientos, no respondió
de inmediato. Sin embargo, armándose de coraje, con la franqueza que
tienen los espejos, aseguró que la más bella era Blancanieves. Y el espejo
fue despedazado y Blancanieves condenada a dormir de por vida. Menos
mal que la despertaron los siete enanitos.

Por otra parte, la Dama Triste, oriunda de la Argentina, llamaba diálogos
a sus monólogos; diálogos porque con las cadencias del tango decía, espejito
compañero, mírame que triste estoy, se me fue el hombre que quiero
y me muero por su amor. En cambio Alicia, la del País de las Maravillas,
siguiendo las indicaciones del Gato Sin Sonrisa, llegó a un
territorio oscuro que después del muy averiguar supo que era la parte
de atrás del espejo. Y nuncamente, nadie supo jamás lo que había
encontrado por esas tinieblas porque ella enmudeció, como si se hubiese
cosido los labios, para que Lewis Carroll entienda que no le era
posible relatar lo que había visto.
También existen los espejos enterrados, esos que dejaban los precolombinos
como señales de tránsito en el camino de los muertos. «Cóncavos,
opacos, pulidos, contienen la centella de la luz nacida en medio de la
oscuridad», dice Carlos Fuentes.
Y cuando Nietzsche se miró en el espejo de su amante y hermana Elizabeth,
ni siquiera se sorprendió de que no aparezca su rostro sino el de Sócrates
y tal como lo cuenta en el Crepúsculo de los Ídolos, confundiendo las evidencias, hablando con la supuesta imagen de Sócrates, le dijo —se dijo— plebeyo, feo, difícilmente griego, delincuente, decadente, prisionero
de los instintos, payaso al que se le ha tomado en serio, aborto mental
repelente, auténtico chinche, aunque también un gran erótico.
Uno de los más extraordinarios espejos es el que tenía Fausto en su gabinete
de erudito. Nunca se supo si lo fabricó el propio doctor Fausto,
Mefistófeles o Goethe, todos ellos expertos en la tenebrosa tecnología
alemana. Lo asombroso de ese espejo era que en él no era posible ver el
rostro de nadie, ni siquiera el de Mefistófeles. Cuando lo intentó Fausto,
supuso que ya estaba muerto porque sólo la muerte no se refleja en
el espejo. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando en ese espejo aparecieron
poco a poco las imágenes de sus pensamientos, de los deseos
apenas presentidos, de esos que no se los cuenta a nadie. Eran las
imágenes de mujeres envueltas en tules, lúbricas, tan elásticas y
felinas. Pero esas imágenes no eran nítidas sino como envueltas en
neblina, desbordantes de erotismo, con esa crueldad elusiva con la
que las mujeres caminan por el mundo.

Eso que ves en el espejo, le dijo Mefistófeles copiando la sonrisa de la
Monalisa, son las imágenes de lo que aún merodea en tu subjetividad.
Sólo están en tu mente. Allí sobreviven. Son la lejanía de la juventud.
Y por si acaso esto sea poco, Sancho Panza le preguntó a don Quijote si
ya se habrá inventado el espejo metafísico. Si así fuera, continuó, en ese
espejo se vería a Dios sin que Él se dé cuenta de que es mirado. ¿Y qué
tal un espejo de la moral? Se acerca su merced en puntas de pie y zasmira
el currículum de cada uno de los tantos.

Autor: Jorge Rivadeneyra A.

Tomado del libro Una y otra vez.  Edit. Ipasme

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