Noche de decibeles desbocados

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Por Dagmar

Son las 4 de la madrugada del domingo 9 de septiembre de 2012,  se supone que este sería un buen momento para estar en el quinto sueño, pero no, imposible dormir y descansar en este sector donde la combinación de drogas y alcohol eleva los ánimos de un grupito en desmedro de la mayoría de los que aquí habitamos.

No sólo es este edificio de 16 pisos, de cuatro apartamentos cada uno o sea 64 familias afectadas, sino también el de al lado, el siguiente y el otro, además del que le sigue de iguales características. No funciona que estemos separados por una calle que baja y otra que sube, luego por el río Guaire, una escuela y el estacionamiento; lugar donde se forma la “Rumba” de cada fin de semana. Ese estacionamiento está rodeado igualmente de cinco edificios donde, seguramente como es de sospechar, vivirán personas incluidos viejitos, niños y otro tanto que padecerán alguna enfermedad o malestar. Por ahí se da uno la idea para sacar la cuenta de cuántas personas viven en toda esta comunidad afectada.

Me pregunto si esta gente pensará que nos están brindando gratuitamente una verdadera noche de rumba-salsa erótica-boleros-mexicana-reggaetón. Todo como un combo o paquete de promoción del que debemos estar agradecidos.

Mientras tanto, en este espacio-tiempo se me ocurren las más variadas formas de tortura, verdaderos ejercicios de violencia emergen de mi mente. Mi creatividad me asombra porque ya los huevos de mi nevera tienen otra función. Ensayo con tomates, escarbo piedras en mis matas, añoro una “china” para hacer puntería, estiro mi brazo e intento en todas mis ventanas buscando el mejor ángulo. Nada, mi brazo no llega. Es demasiada la distancia. La impotencia me frustra y yo doy vueltas en una noche tortuosa e interminable a mis oídos y mi espíritu. Para mi desgracia y la salvación de ellos.

Que conste que soy apasionada de la música, mi tiempo como melómana supera con creces mi tiempo como televidente, por ejemplo. Mi discografía alcanza verdaderos tramos que incluyen desde música académica, salsa, jazz, protesta, suramericana, folklórica hasta llegar a la venezolana. Diversidad de artistas y países yacen en mi estantería que va del piso al techo.

Una comunidad con miedo, disconforme, desarticulada y al mismo tiempo literalmente sometida a un pequeño grupo, eso sí, dueños de un gran equipo de sonido y un repertorio de chatarra comercialmente actualizada, que hace lo que le da la gana porque no hay autoridad que le ponga límite a estos excesos.

No es la primera noche que pasa. Lo lamentable es que sé que tampoco será la última.

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